Elena Marsal

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Bilbao… kid friendly?

Aquí nos las pintamos solos para introducir conceptos importados que suenan guay, aunque la mitad de la población no entienda su significado o no sepa ni pronunciarlos.

Últimamente estoy viendo en la Villa de Don Diego que una serie de restaurantes empiezan a anunciarse incluyendo en su publicidad el concepto ‘kid friendly’. Que es lo que me faltaba para echarme a temblar.

Puedo entender que cualquier negocio quiera captar clientes como sea, o simplemente adaptarse a lo que no le queda más remedio que asumir. Pero una cosa es que haya que padecer, sin posibilidad de solución salomónica vistos los tiempos en lo que estamos, un puñado de adversidades sociales impensables hasta hace poco… y otra ya animar al personal a que convierta un comedor abierto al público en general en el patio de recreo de una escuela de primaria.

Porque un restaurante ‘kid-friendly’ ofrece, entre sus servicios, espacio para dejar las sillas de bebé, tronas, menús especiales para infantes, cambiadores… Que, por supuesto, es justo lo que a todos nos encanta encontrar cuando salimos por ahí a cenar: en una esquina una batería de cochecitos de niño, enanos con babero haciendo guarradas con la comida, ver pasar platos de macarrones con tomate o de croquetas en fritanga (“si son de pollito, cariño, que esto te gusta”), oír conversaciones a unos cuantos decibelios por encima de lo normal (o sea, el tono que la mayoría de adultos utiliza, por alguna razón desconocida, cuando se dirige a los niños), o entrar en los servicios y oler a pañal cagado. Por no hablar de gritos y carreras por todo el comedor cuando el infante de turno ya se ha aburrido de estar sentado a la mesa, que suele ser más pronto que tarde.

Este verano, durante Bilbao Aste Nagusia, fui con un par de amigos, ya entrada la noche, y por pura curiosidad, a tomar una caña a un local que se acababa de inaugurar. Junto a la barra mesas bajas con sillones, y en el centro mesas para comer. Tres parejas de adultos -de los que en principio pensé ‘pobre gente, son ciegos, mudos y sordos’; pero luego resultó que no- poniéndose bien de chuletón… y cuatro niños sueltos, ya creciditos, por todo el local, gritando, saltando sobre las butacas, poniéndose de pie encima de las mesitas, aplastando la nariz y los dedos pringosos en las cristaleras de la terraza cada vez que pasaban al lado… y acercándose de vez en cuando a la mesa de sus presuntos responsables, donde la mamá de turno atusaba el pelo a su correspondiente retoño y le embutía una patata frita en la boca. Nadie, ni progenitores ni personal del local, les llamó la atención, excepto yo, que para eso me las pinto sola, y he conseguido con el tiempo desarrollar un careto que resulta un cruce entre el de Herodes y el de la madrastra de Blancanieves, que acentúo con un vocabulario grueso, de camionero por lo menos, que no puedo reproducir aquí, especialmente dedicado a enanos cabrones (esto impresiona mogollón a los críos impresentables, porque, claro, pobres cielitos, a nadie más se le ocurre nunca hablarles así).Y en este caso me estoy refiriendo a críos de entre siete y diez años. Al menos el mayor se quedó un poco petrificado y pude terminar la cerveza en paz. Pero si llego a estar allí cenando puedo asegurar que me habría marchado sin pagar; o habría exigido al menos un descuento.

Creo que está claro que yo no soy ‘kid friendly’. De hecho aborrezco a los niños de hoy en general, con su impertinencia y sus aires de pequeño césar, incentivado por padres, abuelos y responsables, y por una ley que ha puesto al menor por encima de los adultos. Sólo me gustan los niños raros, o sea, maduros, pedantes, divertidos, intuitivos, ingenuos y responsables, del tipo Mafalda o Lisa Simpson, o la Alicia de Carroll o el Principito. O mi sobrino Carlitos de Gijón, de siete años, que a veces, cuando hablo con él, me parece estar hablando con mi abuelo (el paterno: el materno era mucho más infantil). Lo siento, pero yo fui una niña normal de mi época, criada y educada como “el último mono”, lo que agradeceré siempre, porque así me enteré precozmente de que la vida no es precisamente un lecho de rosas, y no trago el comportamiento ni las contemplaciones a la infancia de hoy.

La cuestión es: si un niño no llega a la mesa para sentarse ‘comme il faut’, si no es capaz de leer la carta y elegir entre lo que se ofrece, si no come solo y con buenas maneras, y no sabe permanecer en su sitio hasta que todo el mundo termine… es que aún no está preparado para salir a comer fuera. Yo recuerdo mi infancia, y recuerdo haber ido a veces, en ocasiones especiales o para alguna celebración, a un restaurante, lo que era, entre otras cosas, una buena manera de iniciar a los niños en la excelente gastronomía de Bilbao -y de muchos otros sitios, si se terciaba-; y mis hermanos, primos y otros animales teníamos claro que si ibas, ibas, con todas sus consecuencias. Y si no eras capaz de estar a la altura (en mis tiempos, por otra parte, todos los niños estábamos a la altura, no cabía en la cabeza de nadie que nuestros mayores y el personal del local y los inocentes comensales de las mesas vecinas tuvieran que ponerse a ‘nuestra’ altura), aparte de que podían asesinarte sólo con la mirada la habías cagado ya para volver a salir en futuribles ocasiones.

Pero no sé qué podemos esperar de una ciudad en que, sólo este 2015 se han construido, o están en ello, casi una docena de parques infantiles de columpios cubiertos, con suelos blanditos, a medio millón de pavos de media cada uno. Claro que sí: protejamos a los niños bilbainos de los rasponazos de toda la vida, esos que antes te iban haciendo saber que la corteza terrestre es por naturaleza dura; y de la lluvia y del mal tiempo, no vayamos a crearles un trauma de infancia por haber nacido en Bilbao, que al fin y al cabo los pobres no tienen la culpa.

Cuando estás viendo a lo largo y ancho del planeta la desgarradora supervivencia de críos que darían lo que fuera por tener una educación escolar, por comer sin más, por poder jugar sin preocupaciones… resulta que aquí no sólo les cubrimos los columpios y acolchamos los suelos, les hacemos porquerías especiales para comer hasta en los restaurantes, o les hacemos la ola cuando cogen una pataleta -y esto ya no son sólo los críos tozudos de antaño de dos o tres años: ahora las ves hasta en niños de doce-… Es que en este país incluso se ha iniciado una campaña para que quiten los deberes escolares a los niños, que los niños tienen que jugar. Hay un vídeo que circula por ahí que da puta grima: dice que los niños de este país (¡por Dios!) tienen una ‘jornada laboral’ de ocho horas, y luego ‘trabajan’ tres más en casa. ¿Jornada laboral? ¿Trabajan? ¿Estamos locos? Van al colegio, que son ocho horas diarias en algunos casos y en otros ni eso. De ahí se puede restar la hora del comedor, el recreo largo de después, el recreo más corto de media mañana… y luego está el intercambio de juegos y conversaciones con amigos, con compañeros, las risas por los pasillos, incluso dentro de clase, los cabreos con quien se tercie, el conocer a otras personas y desarrollar una relación que a veces es ya para toda la vida, aprender un montón de cosas, pasar de otras, admirar a un profesor, aborrecer a otro, ganar elogios, sufrir castigos, adquirir responsabilidades, adquirir conocimientos… o sea, lo que es una vida en ciernes y en pequeño y que, por lo visto, para los niños que estamos fabricando hoy es durísima.  

Y, claro, mejor que tengan mucho más tiempo al salir de clase para chatear con sus amigos, jugar con la PS4, ver vídeos insustanciales en internet e iniciarse en el botellón… que meter un par de horas leyendo algún libro del que, en caso contrario, no oirán hablar en toda su vida, o haciendo unos ejercicios de matemáticas, practicando piano o guitarra, o aprendiendo de una puñetera vez los nombres de los países del mundo con sus capitales, sus ríos y sus montes.

Porque de lo que tendrían que aprender en el colegio a lo que aprenden… Hay profesores de los que no quiero opinar. Pero cuando vivimos en un país en que la carrera de Magisterio ya está considerada ‘chollo’, y piden casi los mismos puntos para acceder a ella que para vender calcetines por la calle (“el que vale vale, y el que no a Magisterio”, he oído decir por ahí; cuando en sitios como Finlandia, país con el que tanto nos gusta compararnos, requiere tantos puntos como Medicina), lo normal es quejarnos de que el bajo rendimiento escolar -de los más bajos de Europa- es culpa del exceso de deberes que se les impone a los pobres angelitos.

¿Que los niños de aquí ‘trabajan’ ocho horas? ¿Esto no es ofensivo e impresentable para todos esos millones de niños en este planeta que sí trabajan de sol a sol, sin escolarizar, sin comer razonablemente y sin perspectivas de futuro, a cambio de una mierda?

Venga, no me jodan: si van a suprimir los deberes escolares, la selectividad; si van a seguir acolchando suelos y cubriendo cielos; si vamos a seguir adaptando restaurantes y locales públicos a la dictadura de la infancia; si los ‘vecinos’ van a seguir protestando porque los adultos contribuyentes vivan disfrutando de vez en cuando pero nunca protestan (o no se atreven: al menos no sale en prensa) porque los niños se hayan hecho dueños de las terrazas en las que lo los adultos pagamos -y bien- por una consumición, porque la Plaza Nueva de Bilbao, que ya no tiene comodidades para los clientes, es territorio comanche para críos con patines, balones y lo que haga falta (hosteleros me han contado lo que supone mensualmente de extra reponer cristalería rota por balonazos), si este mundo ha decidido que después de más de medio siglo de vida yo tengo que volver a ser “el último mono” porque ahora el mocoso está por encima de mí… ¿no podrían, por favor, esperar a que mis hijos -a los que yo he educado para la vida que yo creía normal- se emancipen y no sean ya responsabilidad mía… o, mejor aún, a que yo me muera para que se empiecen a aplicar estas leyes y normas?

Estoy aterrada. Hemos sucumbido a la tiranía del enano como si en esta vida no hubiéramos sido todos niños, con las ventajas e inconvenientes que ello conllevaba.

De momento a mí que me borren de los restaurantes ‘kid friendly‘; y les agradeceré muchísimo que lo avisen en su publi o pongan un letrero en la puerta. Que mi infancia, con sus prebendas y sus desventajas, ya pasó hace mucho: y sólo me falta tener que comerme ahora la de los malditos retacos. Y aviso a padres, abuelos y gente ‘kid friendly’ en general: a nosotros ya no nos queda tanta vida como a ellos por delante. Y les estamos dibujando un mundo utópico que con el tiempo, cuando tengan que sobrevivir en él, van a descubrir perplejos que no era así.

 

 

 

 

 

Escrito por BClick

23 comentarios

Yo tengo un hijo…salgo con el a cenar y a comer a resturantes “normales” y nadie…repito ,nadie,me ha llamado la atencion…y slí…se movera…como niño como es…o dara algun grito….como niño que es….pero no son animales salvajes,como usted cree….seguro que es mas educado que muchos adultos de hoy en dia…y si a usted no le gustan los niñoa pues quedese en su casita tranquilamente a cenar,que yo tengo wl mismo derecho a salir con mis hijos que el resto de los mortales….faltaria mas……lo que hay que oir….o leer mejor dicho……madre mia

Buf!!! No puedo estar más en desacuerdo con este artículo! Me parece una crítica vergonzosa hacía una muy pequeña minoría de locales que apuestan por ser acogedores para familias, cuando la inmensa mayoría de locales no lo hacen no veo necesario criticar a los que si, con no ir a ellos estaría el tema solucionado.
Generalizar describiendo a los niñxs de hoy en día como poco menos que salvajes sin modales me parece muy feo. Esos niñxs son el futuro, y no creo que deban estar por encima de los adultos, pero desde luego no creo que deban estar por debajo.
Hablar con sorna sobre las horas de “trabajo” de los niñxs, ridiculizando acciones como la llevada a cabo por la plataforma “Sin deberes” me parece lamentable e innecesario.
Realmente todo el artículo me parece un cumulo de tonterías sacadas de contexto que no tienen ningún sentido.

Otra cosa mas…los niños son durños del suelo que los adultos pagamos…ese mismo suelo que estos niños pagarán un día cuando tu seas vieja. Tienes muchas heridas de tu infancia por sanar….las mismas que no te permiten ser feliz ni disfrutar de la vida. Si, esto lo se porque el mismo desprecio q sientes por ellos, lo sientes x ti misma.

Con todos los respetos, pero yo estoy con Elena. No hay quien cene o coma en un restaurante viendo a los niños caminando por encima de los bancos y sillas que bordean las mesas de los restaurantes, chillando o alborotados, mientras muchos padres miran para otro lado porque lo que quieren es desconectar de ellos y que aguanten las tonterías los clientes que han ido al restaurante a pasar un rato tranquilo. Hay niños y niños y padres y padres. De lo que se trata es de educar, de EDUCAR con mayúsculas Para mi lo que escribe no es un ataque a los niños, es una clara realidad de lo permisivos que son muchos padres con sus retoños. Que más quieren ellos, habrá que ver la tiranía despues de unos años. Esto casi no ocurría antes, esto va a más.

Lean la criticar. . ya está bien de rollos, de no poder decirle nada al niño, ( con una sola mirada lo entienden , pero no ) uhi pobres a lo mejor les afecta psicologicamente. Pues miren quienes acabamos de los nervios somos los demás.

Los niños forman parte de la sociedad, le guste o no tanto como los jóvenes, adultos y ancianos. Cada etapa de la vida es diferente. Los niños de antes no serían como los de antes pero tampoco sus padres ni sus abuelos. Acaso usted viajó con SRI? Yo nací en el 86 y jamás usé uno pero ni se me ocurriría no ponérselo a cualquiera de mis dos hijos. Mis abuelos a sus padres les trataban de usted y mantenían una relación un tanto distante y fría a pesar de que se querían, les educaría hoy en día así a sus hijos? Los tiempos cambian, hay que adaptarse y mejorar. Y creo que es lo que todos intentamos. Está claro que no se puede comparar ir a la escuela con una jornada laboral cuando hay millones de niños explotados alrededor del mundo pero usted debe entender que un niño de 7 años ya pasa tiempo suficiente en el colegio como para tener que seguir con las matemáticas en casa. El tiempo de ocio debería ser eso, ocio. Y sí, los niños tienen que jugar. En el parque, en casa o donde sea porque infancia solo hay una. Y señora, tal vez los adultos debiéramos recordar nuestra infancia mas a menudo. Ponerse en la piel del otro, de los tiempos que corren, de las dificultades del vecino y no simplemente criticar al de enfrente (niño o adulto) por no ser como usted o como le gustaría que fuera. Sinceramente creo que su artículo está totalmente fuera de lugar. Hágaselo mirar.

Hablarias con tanta soltura refiriendote a personas con discapacidad?A alguna persona mayor con demencia? O es que hay personas de primera, segunda y tercera clase?

Queridas, echarle un vistazo del decálogo del juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, sobre “Como Hacer de tu Hijo un Delincuente”.

Pues nada, para ti tu vida fashion, silenciosa, ordenada, pulcra y exigente. Para tus sobrinos, columpios oxidados, cemento en las rodillas y algún capón, si se tercia. Los demás estaremos encantados de no cruzarnos contigo en esos oasis “kid friendly”.

Señora, su sobrino Carlitos de Gijón a sus 7 años y mi hija Haizea a sus 20 meses, tiene el cerebro emocionalmente mas desarrollado que usted. Si a usted le amargaron la infancia y no la disfrutó, no vuelque su amargura y rabia en los niños de ahora, está a tiempo de ser feliz. Si le da envidia ver a familias con niños sonriendo felices, padres que dejan a sus hijos elegir su menú cuando a usted le obligaban a mirar las moscas pasar y punto o le daban su consecuente guantazo, no deje aflorar tan descaradamente su amargura. Si ve en esas familias la que usted no tiene ni tendrá porque no creo que la vida sea tan injusta para un niño como para darle por madre a alguien como usted, no reprenda a nadie, es solo culpa de la mala educación que le dieron seguramente en la que asesinaron su empatia, en la que nadie le explicó que las las cosas se hacen de una u otra manera, en la que nadie se molestó en darle unos cimientos basados en el respeto y el cariño. Y qué mejor ejemplo para todo el mundo que compartir su articulo y añadir “Señores y señoras, traten a sus hijos con respeto y cariño, dejenles disfrutar de su infancia, de lo contrario se convertirán en alguien como quien redacta este artículo” Le agradezco que sea una muestra tan evidente de lo que marca una infancia perdida. Gracias por ser ese trauma que aún muchas personas dicen que no existe. Es usted el mejor ejemplo.

La columna de la periodista Elena merece todo el respeto. Como es su opinión, la respeto, y si no estuviera de acuerdo, que lo estoy ( no aguanto a los padres que consienten todo a sus hijos ) no perdería la educación como ustedes. Pongan un poco de orden en la sala que ya verán cuando sean mayorcitos quien va a callar a quien. Al tiempo.

Maribi, con todo el respeto, pienso que no se le ha faltado a Elena ni se ha manifestado nada insultante que no sea el desacuerdo con su articulo que, por cierto, no está escrito en el tono más suave posible. Al menos así lo veo yo. Saludos.

“Tiranía del enano”, “mocoso”…. Ya no sólo pienso en mi hijo, si no en todxs esxs niños a los que estás ofendiendo. Estoy aluncinando con el etarismo que gastan algunas personas. Sí, etarismo, discriminación por edad. Eso tiene nombre. No es que yo esté a favor de esas mamás y papás que pasan de todo mientras sus peques la lían parda… Pero lo que no puedes es culparles a ellxs. Antes, no se te ocurría abrir la boca pq sabías que lo mínimo que te caía era un grito. Pues bien, a eso yo no lo llamo “estar educado” yo a eso lo llamo miedo. La educación se basa en la responsabilidad de la persona, que por cierto requiere más tiempo y paciencia que soltar un capón (pero con mejores resultados). Con todo el respeto a nuestros padres y madres que lo hicieron lo mejor que supieron.
Y ya el tema de los deberes, de verdad no sé en qué mundo vives. Alguna vez te has puesto a empatizar con el día a día de una niña o un niño, pero desde su cerebro de niño y no desde el tuyo de adulto? Más horas de estudio no implica mejor rendimiento académico… Y más cuando no lo hacen porque les apetezca si no porque se ven obligades a ello. Acabo ya aunque seguramente me dejo cosas en el tintero. En fin, que no hay por donde coger este artículo.

Hola, solo decirte que me ha parecido terrible tu punto de vista, el articulo me ha dado la misma grima que pienso que habrás sentido tú al leer el cartel kid friendly. Aún me sorprendo de que pueda pensar así alguien con hijos. Especialmente tristes me parecen las alusiones a los deberes de los niños y a los de otros países donde no pueden acceder a educación u otros aspectos básicos. También creo que parte del dinero de nuestros impuestos está bien gastados en parques infantiles o en otras cosas que, lógicamente, benefician a un sector especifico de la sociedad, como los mayores o los niños en este caso. Espero que, como dices, te mantengas fuera de este “circuito” de locales y lugares pensados para compartir con niños y así no coincidamos jamás en Bilbao ni en otra parte. A ti te molestan los niños y a mí tu prepotencia desmedida.

Toda la razón Elena. Tengo 6 hijos a los que he querido y respetado y educado. Y tengo muchos nietos. Creo que los niños tienen sus derechos y uno muy importante es que no se les haga sentir que son el centro del mundo, aunque sí lo sean del de sus padres, ni que tienen derecho a todo . ¡Pobres chavales, la vida les pondrá en su sitio!
Sigue habiendo buenos y sabios padres que no les “veneran”, que no creen que sus hijos sean “especiales” y estos padres son probablemente, los que mejor entienden el amor hacia sus hijos, porque estos serán más felices y más maduros.
Pero quizá esta sociedad quiera ciudadanos inmaduros y pueriles…

Hoy mismo he visto en un hotel de 5 estrellas a una pareja cambiando los pañales a un niño de unos dos años, de pie sobre el sofá. El colmo. ¿A donde hemos llegado? A ustedes que parece que se manifiestan atacadas, les parecerá bien.

Por favor, señoras!! Que falta de respeto… no han entendido nada… Elena escribe con mucho sentido de humor, ironía y en este caso no puedo estar más de acuerdo con ella. Elena todo mi apoyo, sigue así, que falta nos hacen, valientes como tú.

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